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Publicado el 19 de March de 2013 por María Martinón

Homo Antecessor de marcha

Hace más de 50 años que Abebe Bikila, el primer etíope en conseguir una medalla de oro en unas Olimpiadas, acometía la singular proeza de ganar la maratón de Roma corriendo descalzo. “Las zapatillas molestan para correr”,  fue la explicación que este humilde pastor de cabras, hasta entonces desconocido en el mundo del deporte, daba a los anonadados testigos de su gesta.  Esta historia tan poética, que conozco gracias a un buen amigo al que le gusta mucho correr, me ha hecho pensar en la sencillez y sin embargo en las dificultades que entraña la forma más común y que durante más tiempo ha utilizado el hombre para desplazarse de un lugar a otro del planeta. Los pies desnudos de Bikila sobre las adoquinadas calles de Roma devuelven memoria y candidez al hecho de caminar. Y si pensamos además en la humanidad hace casi un millón de años, es fácil imaginar que el coche de San Fernando fuese el único modo de transporte que los humanos conocían y que, si no descalzos, al menos lo harían con un calzado infinitamente rudimentario que apenas serviría para amortiguar las dificultades de un terreno irregular o pedregoso.

 

En un estudio que se publica en el International Journal of Osteoarchaeology, en el que participamos varios miembros del equipo de Atapuerca, con la investigadora Laura Martín-Francés al frente, se cuenta que Homo antecessor sufrió una fractura en un hueso del pie, un cuarto metatarso, y que ésta se estaba soldando cuando el individuo se murió. Sin embargo, podemos descartar que Homo antecessor hubiese fallecido por culpa de esta fractura del empeine, pues es un tipo de lesión apenas dolorosa aunque sí molesta, y que incluso muchas veces pasa desapercibida y no llega siquiera a diagnosticarse. Se trata de una fractura llamada de estrés o de marcha, por ser típica de atletas y militares, quienes someten a sus miembros inferiores a un tipo de actividad física continua, intensa o prolongada en el tiempo, como caminar, trotar o correr. No es una fractura debida a un evento único, a un impacto fuerte, a un golpe o a una carrera, sino más bien a una carga continuada y repetida ante la que el hueso acaba cediendo. Sería más común en un gran senderista o en un corredor de fondo que en un sprinter. No se trata tampoco de una fractura abierta, sino de pequeñas fisuras que habitualmente no se ven, de forma que la lesión se suele diagnosticar por todas las reacciones secundarias que se dan en el hueso: la inflamación o periostitis y la formación del callo con el que la fractura se consolida. Sin embargo, en nuestro estudio, y gracias a la aplicación de la microtomografía axial computarizada, que permite imágenes de altísima resolución del interior del hueso, hemos sido  capaces de ver también esas microfracturas casi invisibles.

 

La fractura de marcha del metatarso de Homo antecessor, sería el caso más antiguo que se conoce de este tipo de lesión en un homínido. Se da además la curiosa casualidad, de que el otro único caso que conocemos, también en estadio de curación,  pertenece a la población de Homo heidelbergensis de la Sima de los Huesos de la Sierra de Atapuerca, diagnosticado por nuestra compañera Ana Gracia-Téllez -quien también participa en el estudio de Homo antecessor-  y quien lo presentó a la comunidad científica en la reunión de la American Association of Physical Anthropology en el año 2012 en Portland, Oregón.  La identificación de estas lesiones, podría estar sugiriendo que estas poblaciones del Pleistoceno estaban sujetas a esfuerzos físicos continuados, como podrían ser el recorrido de grandes distancias o los desplazamientos frecuentes a pie por un terreno desigual. La singularidad de que sin embargo no hayamos encontrado más casos en el registro fósil, puede deberse a que habitualmente se curan sin dejar prácticamente ni rastro. A raíz de este trabajo, he recordado un cuento llamado  “El que espera”, de Ray Bradbury, en el que un “ente” aguarda en un pozo a que alguien se asome, para intentar apoderarse de su cuerpo. Esta es la forma en que el “ente”,  fascinado, describe de pronto la sensación de tener un cuerpo y ponerse en marcha sobre dos pies: -Camino y es bueno caminar. Camino y el suelo está a mucha distancia cuando lo miro desde los ojos y la cabeza. Es como vivir en un hermoso acantilado sintiéndose feliz allí-. Está claro que, con estas fracturas de marcha, Homo antecessor y Homo heidelbergensis pagaron su precio por vivir en el acantilado. Conociendo las vistas de la Sierra, creo sin embargo, que el precio que pagaron fue pequeño.   Martín-Francés, L., Martinón-Torres, M., Gracia-Téllez, A., Bermúdez de Castro, J.M. Evidence of stress fracture in a Homo antecessor metatarsal from Gran Dolina site (Atapuerca, Spain). International Journal of Osteoarchaeology (in press).