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Publicado el 02 de September de 2015 por José María Bermúdez de Castro

Homo antecessor: pasado, presente y futuro

El pasado 8 de julio de 2015 se cumplieron 21 años de un hallazgo revolucionario para la prehistoria de Europa. A medio día, Aurora Martín recuperó un par de dientes humanos en el nivel 6 (TD6) del yacimiento, que durante miles de años había terminado por colmatar la cueva de la Gran Dolina. Aquellos dos dientes, de aspecto arcaico y muy diferentes de los nuestros, certificaban la presencia de homínidos en nuestro continente en una época anterior al límite de los 780.000 años. Trabajando intensamente en un sondeo arqueológico, Aurora y sus compañeros de excavación habían rebasado ese límite temporal un metro más arriba, donde los minerales de hierro de los sedimentos cambiaban bruscamente su orientación magnética. Al mismo tiempo, los datos aportados por los fósiles de los animales y las dataciones geocronológicas provisionales revelaban que los restos fósiles de TD6 podían haberse depositado en una época cálida, muy probablemente hace unos 850.000 años. Puesto que el resto humano más antiguo conocido en Europa no tenía más de 600.000 años, en un instante se había profundizado una eternidad en las raíces de la primera población de nuestro continente. Pero esta no era la única noticia.

 

Los días que siguieron y las campañas de 2005 y 2006 completaron una colección de casi un centenar de fósiles humanos, junto a 260 instrumentos de piedra de manufactura muy primitiva y varios miles de restos de micro y macrovertebrados. Para entonces, ya no quedaban dudas de que el límite paleomagnético Matuyama/Bruhnes se situaba en la parte superior de TD7, mientras que las dataciones confirmaban la gran antigüedad de los restos humanos. El estudio detallado de los fósiles reveló el caso más antiguo de canibalismo conocido hasta la fecha durante la evolución humana. Siendo éste un hallazgo científico relevante, nos dejó la incertidumbre de no poder investigar fósiles completos. La fragmentación de los restos humanos fue un hándicap para el estudio de partes anatómicas importantes desde el punto de vista taxonómico. Faltaban fósiles espectaculares y muchos de ellos habían pertenecido a individuos infantiles. A pesar de ello, el conjunto revelaba una combinación única de caracteres primitivos y derivados con respecto a las primeras poblaciones del género Homo. En particular, los rasgos modernos de la cara se apreciaban tanto en los individuos adultos como en los infantiles y contrastaban con los caracteres primitivos de los dientes. Este hecho y la antigüedad de los fósiles nos animó a redactar un trabajo para intentar su publicación en la revista Science. El manuscrito fue enviado el 6 de febrero de 1997. En él se proponía una nueva especie del género Homo, H. antecessor, junto a la hipótesis de que esta especie podía representar al último ancestro común de H. sapiens y H. neanderthalensis. El artículo fue aceptado el 15 de abril de ese mismo año y publicado a finales de mayo.

 

La especie H. antecessor tardó más de una década en ser aceptada por la mayoría de nuestros colegas. Sin embargo, la segunda hipótesis nunca fue tomada en consideración. El origen de nuestra especie en África es un argumento demasiado poderoso en contra de la hipótesis propuesta en la revista Science. Es más, la mayoría de los datos aportados en años posteriores por los genetistas señalaban que la separación de las dos especies sucedió hace poco más de 400.000 años. Aunque el rango de error de esta fecha es muy amplio, nadie consideraba la posibilidad de llegar (y menos superar) la antigüedad de H. antecessor para aceptar esta especie como el último ancestro común de los humanos modernos y de los neandertales. Nuestro equipo entendió perfectamente las razones que exponían nuestros colegas y no insistimos en la defensa de la hipótesis.

A finales del siglo XX iniciamos una regularización de la secuencia sedimentaria del yacimiento de la Gran Dolina y en 2003 llegaron nuevos e importantes hallazgos de H. antecessor. Poco a poco alcanzamos la cifra de 160 restos humanos, al mismo tiempo que afinábamos en las investigaciones. Las tesis doctorales de la siguiente generación fueron muy importantes, porque ayudaron a limpiar el escenario de viejos prejuicios. 

 

Pronto comenzamos a identificar en el conjunto de H. antecessor algunos caracteres, que hasta ese momento se consideraban propios de los neandertales. Resultaba muy evidente que esos caracteres habían surgido en el Pleistoceno Inferior, hace quizá un millón de años ¿Significaba este hallazgo que, efectivamente, H. antecessor tenía relación con los neandertales y con los humanos modernos?, ¿se confirmaba así nuestra primera hipótesis? No necesariamente. Ya en 2003 publicamos el primer artículo en el que dejábamos atrás la idea de que los humanos de TD6 pertenecieron a la especie que originó tanto a los neandertales como a las poblaciones de nuestra especie. Teníamos que proponer una alternativa, que explicara una combinación tan particular de rasgos anatómicos en los restos óseos. Algunos recordaban a los fósiles del Pleistoceno Medio de China, aunque la mayoría de los rasgos derivados dejaba clara la impronta europea de H. antecessor. Apartando a un lado los caracteres primitivos, que no ayudaban a clarificar el origen y la descendencia de esta especie, todo apuntaba hacia una cierta relación de H. antecessor con las poblaciones europeas del Pleistoceno Medio.

 

Muchos colegas han defendido (y lo siguen haciendo) que estas últimas poblaciones llegaron a Europa en los comienzos del Pleistoceno Medio, después de dos episodios muy fríos en el hemisferio norte. Así pues, los miembros de H. antecessor habrían llegado antes a Europa y, tal vez, no fueron los primeros en arribar a estas tierras (restos del yacimiento de la Sima del Elefante: 1,2 millones de años). En definitiva, podemos postular que Europa fue colonizada en varias oleadas de población en momentos distintos del Pleistoceno. Si esta hipótesis es correcta, quedaría por explicar las similitudes que tienen todas las poblaciones que fueron penetrando en nuestro continente. Caben dos posibilidades: una, que cada nueva población hibridó con la anterior y se quedó con parte de su genoma; y dos, que todas las poblaciones procedían de una “madre” común y recibieron de ella una parte de su genoma. Las dos hipótesis no son excluyentes. 

 

Si consideramos la segunda hipótesis, cabe pensar que esa madre común pudo evolucionar en el suroeste de Asia, tal vez hibridando con otras poblaciones procedentes de lugares distintos (África, por ejemplo). El lugar señalado es un verdadero “punto caliente” para la biodiversidad por ser cruce de caminos entre África, Asia y Europa. De ser así, el escenario sería muy complejo y difícil de comprender. De ese crisol, y tal vez en un momento muy anterior a lo que proponen los datos aportados por los genetistas, pudo suceder la separación de las poblaciones que dieron lugar a los neandertales en Europa y a los humanos modernos en África. H. antecessor sería entonces un primo tal vez no muy lejano de ese ancestro común. 

 

El estudio de la evolución humana nos ha enseñado en repetidas ocasiones que los escenarios evolutivos sencillos no funcionan. Tendemos a simplificar los modelos, porque el registro fósil es limitado y porque somos incapaces de comprender una historia, que duró miles de años en un vastísimo territorio. La colección de H. antecessor es la única ventana que nos permite asomarnos al pasado más remoto de nuestro continente. Las excavaciones que esperan en TD6 durante los próximos años serán apasionantes. La especie H. antecessor tiene un futuro muy prometedor y puede ser clave en la comprensión de la evolución humana de Europa durante las próximas décadas.

 

José María Bermúdez de Castro Risueño. Co-director de las excavaciones e investigaciones en Atapuerca