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Publicado el 05 de August de 2013 por Irene Rodríguez Manero

Hoy, como ayer, hablamos

El intento por comprender mejor la evolución del ser humano pasa, indudablemente, por entender que hubo una época en la que no estuvimos solos, y que otros homínidos nos precedieron; asimismo hay que tomar conciencia de que sólo aunando esfuerzos desde diferentes disciplinas científicas- paleoantropología, arqueología, biología, lingüística- se podrán ir uniendo todos los puntos que nos permitan algún día, dar con las claves de qué sucedió en el pasado. En ese sentido, el estudio del campo lingüístico de las etimologías se está revelando como una fuente inagotable y poco explorada de descubrimientos asombrosos que ayudan a científicos de otras áreas a ratificarse en la idea que ya Darwin dibujó: el mundo, y todo lo que hay en él, cambia constantemente, y es nuestra misión ser capaces de seguir el rastro que ese movimiento va dejando a lo largo de su trayectoria. El poco uso científico que tradicionalmente se le ha dado a la etimología, ha sido debido al encasillamiento de esta disciplina dentro de la “ludolingüística”. Así, todo intento por igualar su importancia en el estudio del ser humano, se ha visto a menudo frustrado. En cambio, a su favor, se ha de destacar de ella que absolutamente todos los grandes humanistas, independientemente de la época a la que pertenecieron- desde Aristóteles a Darwin pasando por Rousseau- quedaron cautivados por su capacidad de proporcionar información. Los fósiles humanos de la Sierra de Atapuerca (Burgos) han sido, son, y serán, objeto de estudio debido sin duda a su antigüedad, unicidad, situación geográfica estratégica –que explicaría la gran cantidad de restos hallados-, sus excelentes condiciones de conservación y pertenecer a tres especies distintas: Homo antecessor, Homo heidelbergensis y Homo sapiens (Arsuaga y Martínez, 1998). Un reciente estudio indica que los habitantes de la Sima de los Huesos podían efectivamente hablar como nosotros (Martínez et al., 2012).

 

Hecha esta afirmación, la pregunta que se plantea a continuación es ¿queda algo de sus palabras en nuestras propias palabras? El principal obstáculo surge de la inexistencia de una especie en la actualidad de esa línea evolutiva, de cuya lengua poder estudiar la etimología, debiendo por tanto tomar como estudio las lenguas conocidas. Suele decirse que en Occidente las teorías primitivas sobre el lenguaje adoptaron una perspectiva naturalista, pues sostenían la existencia de una relación natural entre los objetos y sus nombres. Las palabras serían, en cierto modo, imitaciones de las cosas. Esta teoría fue sostenida por Pitágoras y por los estoicos y el propio Platón en el Crátilo afirma que unas palabras guardan una relación natural con los objetos, mientras que otras son convencionales. Defienden la perspectiva naturalista quienes piensan que las palabras están asociadas con las cosas, independientemente de nuestra intervención (Nubiola, 2000). El estudio del origen del hombre debería ir unido al estudio de sus propias palabras, tal y como opina Malmberg, 1970: “El proceso según el cual los antropoides se desarrollaron hasta convertirse en seres pensantes y hablantes dignos de llamarse hombres contiene muchas fases y suscita la curiosidad de numerosos científicos. Y, en gran medida, concierne también al lingüista, puesto que entre las características que separan al hombre de los animales una de las principales consiste justamente en la capacidad de hablar. Tal capacidad es, la base de la evolución intelectual seguida por los antepasados del hombre. Sirvió de instrumento para toda la actividad mental superior e hizo posible que la experiencia del individuo pasase a la especie. De modo que el enigma del origen de la lengua es asimismo el enigma de la hominización”. No es fácil entender bien qué son los universales. Mientras que para algunos autores se tratarían de elementos gramaticales que se encuentran en todas las lenguas del mundo, para otros son, en cambio, palabras que etimológicamente han derivado de una misma lengua originaria, esto es: los cognados. En ambos casos, el método más utilizado para su búsqueda es el comparativo. La evolución lingüística no se puede concebir sólo como hecho interno, sistemático, sino vinculada de un modo preciso también a la realidad externa, física o conceptual; así pues, junto a la analogía –origen común-, opera en el interior de la lengua el principio de la permeabilidad (opuesto al de la hereditariedad), es decir, del paso de elementos de un sistema a otro. Bengtson y Ruhlen (1994) proponen, a partir de la comparación de numerosas lenguas, un total de 27 etimologías globales que podrían proceder de la primera lengua, o al menos de aquella que dio lugar a todas las que existen actualmente (ver figura 1, infografía de Irene Rodríguez Manero).

 

Figura 1 Universales (GE, Global Etymologies) propuestos por Bengston y Ruhlen (1994), basados la mayor parte de ellos en la lista de Swadesh (1940- 50).

 

La organización básica de todas las lenguas del mundo, en la medida en que han sido descritas, es la misma. Difiere por supuesto el vocabulario, también difieren los recursos para notar la morfología, y varían considerablemente en el tamaño de sus repertorios sonoros. Pues bien, a pesar de esto pueden reconstruirse los rasgos fundamentales de esa lengua. Es bien seguro que existía esa lengua original, tal y como reconoce el propio Pinker (1995): “Y no es que ponga en duda que el lenguaje sólo evolucionó una vez, según reza uno de los supuestos que subyacen a la búsqueda de la madre ancestral de todas las lenguas”, o bien una serie de lenguas próximas: si no, no se comprendería la estrecha proximidad de todas las lenguas del mundo en su estructura más profunda. Cabe recordar, nuevamente, el paralelismo que se encuentra, entre la lingüística y la biología: la prueba definitiva de la evolución es el origen común y único de todos los organismos. El código genético es único y universal para todos los seres vivos (de hecho, Darwin no prueba la evolución: propone un mecanismo que explica cómo ha podido tener lugar). La paleolingüística acaba de empezar, y se trata de una disciplina que promete dar muchas satisfacciones. Para que haya un resultado efectivo y los logros sean los esperados, será necesaria la colaboración de otras ramas científicas; algunas, como la arqueología y la genética, hace tiempo que se unieron a su labor y están dando resultados muy positivos. Tal vez, en un futuro no muy lejano, estemos buscando y hablando de palabras neandertales, tal y como hoy se excavan con total naturalidad sus hogares, habiéndose desterrado al fin la idea de que los “humanos” anteriores a Homo sapiens eran intelectualmente inferiores.   Bibliografía Arsuaga, J.L., Martínez, I., 1998. La especie elegida: La larga marcha de la evolución humana. Temas de hoy, Barcelona. Bengtson, J.D., Ruhlen, M., 1994. Global etymologies, in: On the Origin of Languages: Studies in Linguistic Taxonomy. Stanford University Press, Stanford, pp. 277–336. Malmberg, B., 1970. La lengua y el hombre. Introducción a los problemas generales de la Lingüística. Ediciones Istmo, Madrid. Martínez, I., Rosa, M., Quam, R., Jarabo, P., Lorenzo, C., Bonmatí, A., Gómez-Olivencia, A., Gracia, A., Arsuaga, J.L., 2012. Communicative capacities in Middle Pleistocene humans from the Sierra de Atapuerca in Spain. Quaternary International. Nubiola, J., 2000. La investigación filosófica sobre el origen del lenguaje. Pensamiento y cultura 3, 87–96. Pinker, S., 1995. El instinto del lenguaje: cómo crea el lenguaje la mente. Alianza Editorial, Madrid.