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Publicado el 24 de June de 2013 por María Martinón

La cara del homo sapiens, un diseño 'vintage'

En una sociedad como la nuestra, tan preocupada por la estética y la moda, deberíamos saber que nuestra cara es un diseño vintage. Nada más y nada menos que hace ya un millón de años, la evolución confeccionaba un rostro grácil, vertical, de mejillas casi hundidas –técnicamente llamada ortognato- que nada tenía que ver con la cara simiesca y prognata de los homínidos que habían existido hasta entonces. Hace casi un millón de años, nuestro rostro, esa gran primera tarjeta de visita en el encuentro entre humanos,  ya era “moderno”, tan moderno, valga la redundancia, como el del hombre moderno que habita nuestro planeta en pleno siglo XXI. Cuando en el año 1997 se publicaba en la revista Science una nueva especie humana a partir de los restos encontrados en el nivel TD6 de la Gran Dolina, la comunidad científica recibía con reticencia a este nuevo pariente.  Para los investigadores del Equipo de Atapuerca,  los homínidos identificados en el yacimiento presentaban una combinación de rasgos desconocida hasta entonces: una dentición muy primitiva con una morfología mediofacial moderna.  Esta interpretación levantaba suspicacias y, en el fondo, no es de extrañar. La paradoja de que algo tan moderno fuese sin embargo tan antiguo resultaba sorprendente.  Una de las principales críticas radicaba en que el carácter derivado estaba fundamentalmente definido sobre un fósil inmaduro, hoy conocido como el Chico de la Gran Dolina, y los escépticos investigadores defendían que el aspecto grácil y vertical del rostro del Chico desaparecería en un Homo antecessor adulto, cuando su cara hubiera completado el crecimiento. Esta crítica no se sustentaba sin embargo en los datos disponibles. De hecho, en TD6, se había encontrado también un fragmento de la cara de un adulto y aunque esta gracilidad no era tan pronunciada como en el individuo joven, seguía conservando un aspecto moderno. Para los incrédulos, los fósiles de la Gran Dolina no representaban una nueva especie, sino que pertenecían a lo sumo a Homo ergaster, una especie de origen africano de hasta 1.8 millones de años de antigüedad.

 

Afortunadamente, el hecho de disponer de un individuo inmaduro supondría una ventaja adicional cuando, quince años más tarde, el Equipo de Atapuerca, en colaboración con un equipo de investigadores hispano-americano, abordase de nuevo el asunto de la cara. Esta vez se trataba de estudiar el patrón de crecimiento del hueso,  comparando la cara del Chico de la Gran Dolina con la cara de otro chico fósil de aproximadamente la misma edad, el chico de Turkana, asignado precisamente a Homo ergaster, la especie a la que algunos atribuían los fósiles de TD6. El hueso es un tejido que funciona formándose –técnicamente se llama deposición ósea- y destruyéndose –reabsorción ósea- dependiendo de en qué zona y en qué circunstancias. En el caso de la cara de Homo antecessor, el hueso fundamentalmente se reabsorbía, de igual forma que se reabsorbe en los humanos modernos, produciendo esa cara tan menuda. Sin embargo, en Homo ergaster, en las mismas zonas faciales, el hueso se estaba depositando, consiguiendo como resultado una cara grande, y proyectada, como “inflada”.  Este experimento suponía casi poder comparar “en vivo” a dos individuos que estaban muertos, congelarlos en un momento crucial y determinante de su biología, cuando estaban creciendo. Además, a este rasgo facial tan importante  había que sumar el hecho de que Homo antecessor presentaba  un tamaño cerebral considerable, superior a los 1000 cc y por lo tanto a las especies humanas anteriores. Y sabemos también que su patrón de desarrollo dental, un proceso estrechamente imbricado con la forma de crecer de una especie, era también como el de los humanos modernos. A través de un crecimiento general más lento y prolongado, se posibilitaba el crecimiento de un cerebro proporcionalmente más grande que el de cualquier otro mamífero. Los fósiles de la Gran Dolina anunciaban por primera vez –que sepamos- la aparición de la niñez en la humanidad. Es interesante descubrir que a través de la historia de los fósiles de la península ibérica, esta casi “isla” del gran continente euroasiático, somos capaces de estudiar un momento crucial y universal de la evolución humana. Los fósiles de la Gran Dolina de Atapuerca, son el testigo mejor conservado que existe en la actualidad de ese cambio cualitativo  que nos desmarca de las especies humanas anteriores y nos pone en la dirección de lo que somos ahora.

 

A algunos puede sorprenderles que desde un extremo del gran continente podamos contar historias tan universales, tan poco “locales”. Pero sí, así es. Los homínidos de TD6 son hoy en día la ventana más completa a la que poder asomarse para entender qué sucedió en la humanidad hace un millón de años, cuando en el registro fósil se registran cambios sustanciales no solo en la cara sino en otros aspectos biológicos relacionados con el crecimiento, que es al fin y al cabo lo que define si somos una especie u otra. Si Homo antecessor levantara la cabeza,  probablemente se sorprendería de muchas cosas, de un planeta asfaltado, de “cuevas” con tejados y ventanas, de que la carne (aunque no humana) viene deshuesada y limpia, lista para comer, y de que a veces el cielo lo surquen pájaros de metal –desconoce esta “materia prima”- que vuelan sin tener que batir alas. Sin embargo, no se sorprendería de nuestros rostros, de nuestra jeta tan “retro”,  porque la encontraría familiar. ¿O no? Sabemos que es la misma cara pero, ¿eran las mismas emociones? ¿Codificaban sus gestos los mismos sentimientos? ¿Tenía su rostro la misma forma de expresarlos? ¿La misma forma de ocultarlos o fingirlos? ¿Es una cara o una careta? ¿De qué alma, de qué animal, es espejo ese rostro? Cada vez que nos vemos reflejados, nos saluda el antecessor que llevamos dentro. Lacruz, R.S., Bermúdez de Castro, J.M., Martinón-Torrres M., O´Higgins, P., Paine, M.L., Carbonell, E., Arsuaga, J.L., Bromage, T.G. 2013. Facial Morphogenesis of the Earliest Europeans. PLoS ONE 8(6): e65199. doi:10.1371/journal.pone.0065199. María Martinón-Torres.  Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH)