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Publicado el 25 de May de 2016 por José Miguel Carretero Díaz

La Dama Roja Paleolítica de la Cueva de El Mirón (Cantabria)

La Prehistoria antigua está llena de enigmas, y las fases más recientes, no por estar más cercanas a nosotros, carecen de ellos. Uno de tantos está relacionado con los “enterramientos” o los “rituales funerarios” practicados en la Península Ibérica por los cazadores-recolectores del Paleolítico superior (redondeando entre los 38.000 y los 10.000 años antes del presente), y sobre todo durante su última fase, el período conocido como Magdaleniense, solo algo posterior al final de la última glaciación. Para que se sitúen y a groso modo, hablamos de los artistas que plasmaron parte de su mundo en las paredes de cuevas francesas como La Chauvet y Lascaux o españolas como Altamira y el Castillo, por citar verdaderos referentes del arte paleolítico.

 

El año pasado tuve el privilegio de participar, junto a varios de mis colegas, en el estudio del primer enterramiento encontrado en la Península Ibérica del período Magdaleniense. Se trata de un enterramiento asociado a un complejo ritual funerario que tiene una antigüedad calibrada de 18.700 años antes del presente y ha sido hallado en la Cueva Cántabra de El Mirón, en Ramales de la Victoria. Se trata de una cueva habitada desde la época de los neandertales hasta la Edad del Bronce y que por tanto contiene un magnífico depósito arqueológico. La excavación e investigación de este importante yacimiento la dirigen desde 1996 los profesores Manuel González Morales, del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria y Lawrence Guy Straus, de la Universidad de Nuevo México (EEUU).

 

Dada la singularidad e importancia del hallazgo, la prestigiosa revista internacional 'Journal of Archaeological Sicience' publicó un número monográfico especial con los diferentes estudios llevados a cabo por un equipo internacional de investigadores (1).

 

Los distintos estudios llevados a cabo se han ocupado de todos los aspectos posibles, desde los propios restos humanos hasta el ritual de enterramiento pasando por la fauna, la reconstrucción del ambiente o los distintos avatares sufridos por los restos.

 

Por ejemplo, el estudio de los huesos humanos nos ha aportado datos sobre los rasgos físicos, el estado de salud y la dieta del individuo enterrado. Así, hemos podido establecer que se trataba de una mujer adulta pero joven, de entre 30 y 40 años, con unos 59 Kg de peso y 159 cm de estatura, que la sitúan dentro de los valores esperados hoy día para una mujer de complexión fuerte. Podemos decir sin embargo que su estatura era elevada si la comparamos con otras mujeres de su misma época halladas en Francia, Italia o Europa central. La robustez y marcas musculares de los huesos de sus piernas y hombros nos indican que realizaba una elevada actividad física, y por la robustez interna de los huesos de sus pies hemos podido plantear que seguramente usaba un calzado de suela blanda, tipo mocasines, como también se ha podido determinar en otros individuos de la época. Sin embargo, en sus huesos no hemos encontrado signos de enfermedades que arrojen pistas sobre la causa de su muerte.

 

Los dientes anteriores (incisivos) de su mandíbula estaban muy desgastados probablemente debido a su uso como herramienta en diversas actividades, como trabajar piel o fibras vegetales. El estudio de las estrías dejadas por los alimentos en la superficie de sus muelas, junto con los restos de sarro acumulado en ellos y el análisis químico de sus huesos revelan una dieta muy rica en carne, pero con contribuciones substanciales de pescado (probablemente salmón) y algo de alimentos vegetales como semillas y setas, del tipo de los famosos, y cotizados, boletus. 

 

(1) The Red Lady of El Mirón Cave: Lower Magdalenian Human Burial in Cantabrian Spain. Journal of Archaeological Science, Special Issue, Volume 60 (August 2015). Guest Editors, Lawrence Guy Straus, Manuel R. González-Morales and Jose-Miguel Carretero.

 

Aunque las condiciones climáticas habían mejorado tras el final de la última glaciación, apenas mil años atrás, todavía eran muy duras, con un ambiente frío y seco, estepario y con muy pocos árboles (pinos y abedules) jalonado el paisaje. El valle de Asón, donde se encuentra la cueva, era un buen lugar para la caza y el refugio. Estas poblaciones subsistían a base de la caza de Ibex y ciervos, la caza formaba el 80% de su dieta, pescaban salmones y recolectaban todo tipo de plantas incluido los tubérculos y las setas. Fabricaban sofisticadas armas y herramientas en sílex, tanto de procedencia local como traído de zonas muy distantes, así como proyectiles y sofisticadas agujas de hueso y asta de ciervo.

 

El cuerpo de esta mujer fue colocado cuidadosamente en un lateral de la cueva, alejado de la entrada pero donde aún llegaba la luz, sobre todo al atardecer, y entre la pared y un enorme bloque caído del techo. Originalmente se encontraría de lado y algo flexionada con la espalda hacia el bloque y el pecho hacia la pared. Sobre la superficie del bloque caído se realizaron grabados rituales en forma de líneas, unas anchas y profundas y otras estrechas y suaves cuyo significado desconocemos, pero que podrían representar o estar asociados al sexo femenino ya que también hay un motivo en forma de V, que podría representar un triángulo púbico, y otro que podría interpretarse como una mano esquemática con sus cinco dedos. También hay algunas líneas grabadas en la pared realizadas en el momento del enterramiento. 

 

Todo el conjunto estaba impregnado de ocre rojo muy puro, de ahí el sobrenombre de “Dama Roja” con el que hemos bautizado a esta mujer. La práctica de cubrir con tinte rojo los huesos de algunos muertos es antigua y ni siquiera es exclusiva del Homo sapiens, pero en nuestro caso el nombre está inspirado en “La Dama de Paviland”, un esqueleto de 33.000 años de antigüedad cubierto de ocre que, finalmente, resultó ser de un hombre. Nuestro ocre, de color especialmente intenso, procede de una zona localizada a más de 20 km de distancia, lo que nos hace pensar que fue traído ex profeso para la ocasión. Este ocre, junto con un gran cristal de cuarzo, varias conchas perforadas y un incisivo de Ibex también perforado son las únicas evidencias directas que podemos relacionar con ofrendas. 

 

Además, en la zona del enterramiento y solamente allí, se ha encontrado una concentración inusual de polen de yerbas quenopodiales cuyas pequeñas flores blancas y amarillas no son muy vistosas, pero cuya presencia podría significar que entre los honores que dispensaron a la difunta también se encontraban las flores. La aparición de parte de estos pólenes agrupados, junto a la ausencia de estos en otras zonas del mismo nivel arqueológico en otras partes de la cueva, sugieren que no se trata de un aporte natural de las plantas del entorno de la cavidad. No podemos descartar sin embargo que su presencia tuviera un fin más sencillo, relacionado, por ejemplo, con el saneamiento del lugar o que la mujer hubiera ingerido ese tipo de plantas con fines medicinales poco antes de morir.


El hecho mismo de encontrar el enterramiento de una persona de aquella época es ya extraordinario. Todo el Paleolítico Superior es muy parco en restos humanos, y el Magdaleniense aún más, y es sorprendente que a pesar del elevado número de yacimientos de esta época excavados en la Península desde 1870, no se hubiera hallado aún ningún enterramiento, e incluso los restos humanos aislados se cuentan con los dedos de las manos. Curiosamente, este no es el caso de lugares como Francia, Italia, Alemania o Moravia, donde, sin ser tampoco de una abundancia exagerada, se conocen suficientes enterramientos de este período.


Y es que ya a medidos de los años 60 importantes arqueólogos llamaban la atención sobre el hecho de que en Europa hay suficientes sepulturas del Paleolítico Superior como para reflexionar sobre su escasez, o total ausencia, en la Península Ibérica, donde en ninguno de los pocos casos propuestos podía probarse la existencia de ritos o ceremonias relacionadas con la muerte. Además, la existencia de enterramientos posteriores en el tiempo incrementa, más aún si cabe, el interrogante de su escasez durante el Paleolítico Superior. 


Por la la información que tenemos de todo ese período en la Península Ibérica, parece claro que las gentes del Paleolítico Superior en este territorio no inhumaban habitualmente a sus muertos en las cuevas, porque de lo contrario, deberíamos haber encontrado un elevado número de esqueletos o, al menos, un número importante de dientes y de huesos postcraneales. Para ser justos, hay que decir que algún hueso hay, claro, sin embargo el 82% de los apenas 90 huesos y 60 dientes que se conocen de esta época pertenecen al cráneo.  

 

Y esto me lleva a  otra singularidad del enterramiento de la Dama Roja de El Mirón: de su cadáver faltan la mayoría de los huesos largos y el cráneo. Sabemos que en algún momento estuvieron presentes, ya que hemos encontrado algunos fragmentos de tibia y peroné y uno de los incisivos del maxilar (de arriba), que debió desprenderse en el momento en el que ¿alguien retiró el cráneo?

 

¿Podrían ser los cráneos piezas especiales?, ¿piezas pertenecientes “al grupo” o a personas relevantes dentro del grupo que se conservaban y se transportan de un lugar a otro?, ¿piezas que se colocaban en lugares especiales? Esta circunstancia explicaría, al menos en parte, su mayor conservación y presencia en registro y también su ausencia en la Dama Roja. La hipótesis de que se tenía un tratamiento especial con los cráneos plantea otros interrogantes: ¿dónde se efectuaba la descarnación del cuerpo y por qué no se ha encontrado ningún vestigio del resto de los huesos del esqueleto?, ¿dónde se depositaban los cadáveres?, ¿en alguna fosa cercana al lugar en que se habitaba?, ¿se dejaban a la intemperie, o en algún lugar abrigado?

 
Aunque debido a las escasas evidencias no se pueda concluir de manera categórica, los datos paleontológicos apuntan a que una de las formas en la que los humanos del Paleolítico Superior de la Península se relacionaban con la muerte fue mediante la separación de los cráneos del esqueleto del enterramiento original, posiblemente transportándolos hasta el lugar de habitación y/o colocándolos en algún lugar especial, situación que como decimos, ha favorecido su conservación. La mujer de El Mirón parece indicar que no solamente el cráneo, sino otras partes del esqueleto fueron retiradas y transportadas a otro lugar donde pudieron haber sido igualmente ritualizadas. Por los estudios que hemos realizado, parece que mucho tiempo después de su enterramiento, cuando los tejidos del cuerpo ya se había descompuesto por completo,  un lobo, a juzgar por las marcas de los dientes dejados en uno de los huesos de la pierna, extrajo y mordisqueó algunos pocos huesos. Las evidencias apuntan a que los propios humanos enterraron de nuevo los restos cubriéndoles una vez más con ocre. Pero esta vez, quizá para enterrarlos en otro lugar, los humanos se llevaron consigo los huesos más grandes del cuerpo y el cráneo, dejando allí solamente la mandíbula y los huesos más pequeños como los de las manos y pies, algunos fragmentos de costillas, vértebras y algún pequeño fragmento de hueso largo. Si este comportamiento, como parece, hubiera sido muy común entre las gentes del Paleolítico Superior de la Península, se explicaría, al menos en parte, la ausencia total de enterramientos de esta época. Esto hace todavía más especial e importante el hallazgo del El Mirón.


La singularidad y excepcionalidad del enterramiento de esta mujer, también nos hace pensar en otro aspecto de su vida: el elevado estatus social y/o la relevancia que esta mujer debió tener en vida para los miembros  de su comunidad. El tratamiento especial de sus restos, entre los miles de hombres y mujeres que vivieron y murieron a lo largo de miles de años y de los que no ha quedado vestigio alguno, no deja de sobrecogernos. Desgraciadamente sabemos muy poco sobre la estructura social de estos cazadores-recolectores, aunque parece que estaban poco jerarquizadas socialmente.

 

¿Que tenía entonces de especial esta mujer?, ¿era una líder, un chaman … ? Las personas que le dieron sepultura y los que reentraron y reubicaron sus huesos mucho tiempo después podrían haber tenido alguna fuerte conexión emocional con ella, o tal vez, ella era excepcional de alguna manera. Nunca lo sabremos.


Quienquiera que fuese, la Dama Roja vivió en una época en que los europeos se estaban recuperando del momento más frío de la última edad de hielo, hace unos 20.000 años. La hostilidad del medio hizo que muchas especies animales se refugiaran en las zonas más atemperadas del sur de Europa, como Iberia. Hace apenas unos días, el 3 de mayo, se ha publicado un amplio estudio de ADN que traza la historia genética de las poblaciones del Paleolítico Superior. Se han analizado numerosas muestras de distintas cronologías y distintas regiones de Europa, y se incluyen los restos de nuestra Dama Roja. Aunque los resultados nos hablan de un panorama complejo, parece que los datos confirman lo que se sospechaba por estudios previos: que la Península Ibérica sirvió de refugio también a los humanos durante los peores fases de la glaciación y que estos habitantes prehistóricos del sur de Europa fueron quienes repoblaron de nuevo el centro y norte del continente (Bélgica, Alemania, Reino Unido …) cuando las condiciones climáticas y la retirada de los hielos lo permitieron.

 

En definitiva, la Dama Roja del El Mirón, se ha convertido en la única referencia Ibérica encontrada hasta el momento que nos ha permitido indagar directamente en la vida y en la muerte de las gentes del Magdaleniense inferior.

 

Pocos miles años después de su muerte, sentada a la luz de una lámpara de grasa, quizá alguna de sus descendientes pintaba maravillosas ciervas, caballos y bisontes en las paredes de una cueva no lejos del mar que hoy conocemos con el nombre de Altamira.

 

José Miguel CARRETERO DÍAZ
Director del Laboratorio de Evolución Humana de la Universidad de Burgos
Edificio I+D+i, Plaza de Misael Bañuelos s/n, 09001, Burgos

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