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Publicado el 10 de June de 2014 por Emiliano Bruner

Tres manos para los Neandertales

En los últimos años se están desarrollando teorías cognitivas que hasta ahora se habían quedado al margen del marco científico, probablemente por dificultades a la hora de evaluarlas en un contexto experimental. Son propuestas que se engloban bajo un nombre común, que en realidad esconde perspectivas muy diferentes aún no suficientemente integradas en un núcleo homogéneo de términos o de principios: la teoría de la mente extendida. Los matices son muchos, y las fronteras entre biología y filosofía desde luego confusas. Pero hay una base bastante firme, y es que la mente se genera a través de la interacción entre cerebro y ambiente, mediada por una interfaz que es punto de encuentro entre el mundo interior y exterior: el cuerpo.

 

Nuestro cuerpo, según esta aproximación, es parte fundamental del proceso cognitivo y del conocimiento. Solo cuando mundo exterior y mundo interior se integran a través de la acción del cuerpo se genera una mente. El ejemplo más sencillo y eficaz de ambiente es la llamada “cultura material”, es decir los objetos físicos. Los objetos que creamos, desde la tecnología más compleja hasta las herramientas más básicas, almacenan informaciones que sería imposible grabar en nuestros cerebros, activan procesos que de otra forma no ocurrirían, y cambian nuestras capacidades de percepción y cálculo enseñándonos el mundo de otra forma, y entrenando nuestras neuronas todos los días de una forma muy especifica.

 

Sin los objetos no seríamos lo que somos, y no podríamos ver el mundo como lo vemos. De hecho, estamos empezando a descubrir que las redes neurales de nuestro cerebro integran en sus esquemas los objetos en función de cómo los estamos utilizando, y en función de la posibilidad de ser alcanzados y manipulados por nuestros brazos. En esta interfaz tan compleja que llamamos “cuerpo” hay dos componentes que hacen la mayor parte del trabajo: el ojo y la mano. El ojo es la “puerta de entrada”, por donde el mundo exterior entra en nuestro mundo interior. La mano es la “puerta de salida” por donde nuestro mundo interior contacta e interacciona con el mundo exterior. Interesante advertir que el cerebro de nuestra especie, Homo sapiens, se caracteriza precisamente para una ampliación bastante patente de las áreas parietales, que entre las muchas funciones atienden especialmente una: la integración visuo-espacial, es decir la integración entre el espacio exterior y el espacio interior. Hay áreas como el surco intraparietal que precisamente gestionan el sistema ojo-mano, y otras como el precúneo que integran todo esto con la memoria. Además estas áreas tienen muchas conexiones con las áreas frontales, nudo fundamental de muchos procesos asociados a programación y decisión.

 

Los demás mamíferos viven en un mundo de olores y de sonidos, pero los primates antropoideos cambiaron su estilo de vida, renunciando a la noche a cambio de una vida diurna hecha de formas y colores. Claro, esto necesitó cambios importantes en los sistemas sensoriales, en los componentes anatómicos, y en la organización neural. Y ya sabemos cómo al mismo tiempo los primates invirtieron mucho también en manipulación y prensilidad. En los homínidos, sobre todo en el género humano, las capacidades de visión y de manipulación llegan a un nivel de complejidad patente y fundamental. Aunque los niveles cognitivos de las especies fósiles no se pueden evaluar como en los humanos vivos, a veces nos llegan informaciones sueltas y quizás importantes. Y a veces pueden incluso proceder de elementos anatómicos que no se suponen relacionados directamente con las neuronas: los dientes.

 

Estudiando al microscopio los dientes de los Neandertales y de sus antepasados, Homo heidelbergensis, resulta que hay muchas marcas (estrías) que no se relacionan con procesos asociados a la alimentación, sino con la praxis, es decir la manipulación de objetos. Según las huellas encontradas en la superficie de los dientes, en estas especies europeas el uso de la boca para manipular objetos era práctica habitual, y estás marcas se han encontrado prácticamente en todos los individuos. Los dientes (sobre todo los anteriores) se utilizaban para agarrar, sujetar, tirar, cortar.

 

También en los cazadores-recolectores modernos se encuentra este comportamiento, pero con una frecuencia sensiblemente menor. Muchas poblaciones humanas modernas presentan una cultura material mucho más compleja que la de los Neandertales o de H. heidelbergensis, pero no necesitan los dientes para cumplir con una adecuada interacción física entre cuerpo y herramientas. Si consideramos la teoría de la mente extendida tenemos entonces que pensar que en aquellos homínidos extintos el sistema ojo-mano probablemente no era suficiente para permitir una interacción adecuada a través de la interfaz “cuerpo”, y que como solución se han arriesgado a involucrar la boca, es decir, un elemento que sirve para otra función y que además es extremadamente sensible y delicado.

 

A lo largo de la evolución a menudo se reinvierten estructuras anatómicas en nuevas funciones, pero suelen ser cambios más bien a largo plazo y, sobre todo, no vinculados a elementos anatómicos únicos, importantes, y delicados. Así que el uso de los dientes para manipulación de herramienta más que una adaptación novedosa parece un apaño impropio y arriesgado. Aparentemente hasta innecesario, considerando que hay quien no llega a necesitarlo. Sabemos muy bien que la evolución biológica y la evolución cultural siguen procesos diferentes, sobre todo velocidades diferentes. La primera es mucho más lenta, y muchas veces hemos pensado que quizás nuestra biología no consigue seguir el ritmo de nuestra cultura, generando contradicciones y posibles problemas. Entonces podemos preguntarnos si no sería éste el caso de los Neandertales: una cultura demasiado compleja para un sistema de integración visuo-espacial y corporal inadecuado para estos niveles de complejidad.

 

El registro paleoneurológico (el estudio de la forma cerebral en los fósiles) sugiere de hecho que los Neandertales no tenían áreas parietales tan amplias como las nuestras, y son éstas las áreas que precisamente atienden a estas funciones. No sabemos si esta diferencia de geometría cerebral puede denotar una diferencia también en las capacidades cognitivas, pero parece ser una combinación peculiar el hecho que afecte áreas estrictamente relacionadas con la integración visual y espacial, de coordinación entre ambiente interno y ambiente externo a través del cuerpo. ¡Pero atención! No se trata de presentar a estos homínidos extintos como formas intermedias e incompletas. Los Neandertales no eran los antepasados de los humanos modernos, y ya desde hace años hemos abandonado una idea de evolución lineal, gradual y progresiva hacia los humanos modernos. Más bien, en este caso esta disociación entre complejidad neural y complejidad cultural se asociaría a un callejón sin salida, un experimento evolutivo paralelo al nuestro que por lo que sabemos ha llevado, por una razón o por otra, a la extinción.

 

Ahora, como todas las hipótesis en arqueología cognitiva y paleontología, es evidente que todo esto se queda como una propuesta especulativa, no pudiendo hacerse estudios cognitivos en especies extintas. Será interesante considerar en el futuro aquellas poblaciones humanas modernas que compartieron la misma industria con los Neandertales. También habrá que reconsiderar posibles diferencias en la anatomía asociada a la coordinación de la mano. Y será necesario añadir más informaciones sobre los procesos biológicos y culturales relacionados con el uso de los dientes en la manipulación en las poblaciones humana modernas. Esta hipótesis ofrece dos ventajas a la hora de poder evaluar sus elementos. Primera, es el resultado de una convergencia de datos diferentes: antropología dental, paleoneurología, arqueología, ciencias cognitivas. Es decir, es una hipótesis que considera informaciones que proceden de campos distintos y se pueden desarrollar en contextos independientes. Segundo, aunque no podemos poner un Neandertal en un escaner biomédico para evaluar sus neuronas, sí que podemos intentar averiguar sus capacidades de integración visuo-espacial en otros tipos de comportamientos. Para esto, es necesario que arqueólogos, paleontólogos, y estudiosos de la cognición se pongan a comparar y a cuantificar aspectos de la vida diaria de estas poblaciones que puedan contarnos como se relacionaban con su ambiente y con sus objetos, para entender cuál era su capacidad real para extender la mente más allá de estos cráneos que encontramos en el registro fósil. Esta hipótesis se ha publicado en un fórum del Journal of Anthropological Sciences. El articulo y los comentarios de otros autores se pueden descargar gratuitamente en la página de la revista: Bruner E. & Lozano M. 2014. Extended mind and visuo-spatial integration: three hands for the Neandertal lineage. Journal of Anthropological Sciences 92. Referencias sobre mente extendida y arqueología cognitiva: Las hipótesis sobre mente extendida se han ido desarrollando sobre todo en la última década, así como las nuevas disciplinas que integran evolución y neurociencia, como arqueología cognitiva, neuroarqueología, y neuroantropología. Aquí adjunto una selección de artículos científicos sobre estos temas, útiles para quien quisiera profundizar informaciones y conocimientos sobre estas nuevas perspectivas.

  •  Clark A. 2007. Re-inventing ourselves: the plasticity of embodiment, sensing, and mind. J. Med. Philos., 32: 263–282.
  • Clark A. 2008. Supersizing the mind. Emdodiment, action, and cognitive extension. Oxford University Press, Oxford.
  • Coolidge F. & Wynn T. 2005. Working memory, its executive functions, and the emergence of modern thinking. Cambridge. Archaeol. J., 15: 5-26.
  • Iriki A. &  Sakura O. 2008. The neuroscience of primate intellectual evolution: natural selection and passive and intentional niche construction. Philos. Trans. R. Soc. B, 363: 2229-2241.
  • Iriki A. & Taoka M. 2012. Triadic (ecological, neural, cognitive) niche construction: a scenario of human brain evolution extrapolating tool use and language from the control of reaching actions. Philos. Trans. R. Soc. B., 367: 10-23.
  • Langbroek M., 2012. Trees and ladders: A critique of the theory of human cognitive and behavioural evolution in Palaeolithic archaeology. Quat. Int., 270: 4-14.
  • Malafouris L. 2008. Between brains, bodies and things: tectonoetic awareness and the extended self. Phil. Trans. R. Soc. B, 363: 1993–2002.
  • Malafouris L. 2008. Beads for a Plastic Mind: The ‘Blind Man’s Stick’ (BMS) hypothesis and the active nature of material culture. Camb. Archaeol. J., 18: 401-414.
  • Malafouris L. 2009. ‘Neuroarchaeology’: Exploring the links between neural and cultural plasticity. Prog. Brain Res., 178: 251-259.
  • Malafouris L. 2010. The Brain-Artefact Interface (BAI): a challenge for archaeology and cultural neuroscience. Soc. Cogn. Affect. Neurosci., 5: 264-273
  • Malafouris L. 2010. Metaplasticity and the human becoming: principles of neuroarchaeology. J. Anthropol. Sci.,  88: 49-72.
  • Malafouris L. 2013. How things shape the mind: a theory of material engagement. MIT Press, Cambridge.
  • Malafouris L. & Renfrew C. 2010. The cognitive life of things: archaeology, material engagement and the extended mind. In L. Malafouris & C. Renfrew (eds): The cognitive life of things: recasting the boundaries of the mind, pp. 1-12. McDonald Institute Monographs, Cambridge.
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  • Maravita A., Spence C. & Driver J. 2003. Multisensory integration and the body schema: close to hand and within reach. Curr. Biol., 13: R531–R539.
  • Wheeler M. & Clark A. 2008. Culture, embodiment and genes: unravelling the triple helix. Phil. Trans. R. Soc. B, 363: 3563–3575
  • Wynn T. & Coolidge F. 2003. The role of working memory in the evolution of managed foraging. Before Farming, 2: 1-16.
  • Wynn T. & Coolidge F. 2004. The expert Neandertal mind. J. Hum. Evol., 46: 467-87.

  Emiliano Bruner. Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, Burgos http://paleoneurology.wordpress.com