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Publicado el 11 de agosto de 2025 por Lorenzo Silva

Atapuerca con una joven científica

Autor: Lorenzo Silva

 

A veces pienso que pude ser científico. Hice bachillerato de Ciencias, no se me daban mal las matemáticas, me intrigaba la Física y me seducía la Biología. Pero la literatura se cruzó por el camino, lo reclamó todo y me avine a dárselo. Murió así antes de nacer el científico que podría haber sido. La vida, que sabe cómo compensar lo que nos faltó o no atinamos a sacarle, me ha dado a cambio la oportunidad de criar y ver crecer a una científica.

 

Sólo tiene doce años, pero desde pequeña la acompañan esa curiosidad por los fenómenos y ese rigor analítico que distingue a los llamados a la ciencia. Y por si me cabía alguna duda, me lo confirmó el verano que la llevé a Atapuerca. Quiso la casualidad que nuestra guía fuera una joven especialista en arte rupestre. A la vez que seguía sus explicaciones, me fijaba en cómo mi hija Núria observaba a aquella científica y cuanto nos iba mostrando. Su madre y yo la escuchábamos con atención, con genuino afán de aprender, de saber un poco más, de entender mejor. Ambos escribimos y ese oficio exige ir más allá de una mirada somera sobre las cosas. Sin embargo, en Núria había algo más. En ella se percibía, además, el afán de descubrir: de ser quien hiciera saber y entender a los demás lo que antes estaba oculto.

 

Desde ese día sé que su propósito de ser bióloga va en serio y que un día lo será. Me atrevo a soñar que algún día será parte de esos jóvenes que excavan, en Atapuerca o donde sea, y luego de esos hombres y mujeres que nos ayudan a comprender mejor el mundo del que somos más huéspedes que herederos. Espero estar ahí, para verla formar parte de la bella empresa de reducir nuestra vasta ignorancia acerca de nosotros mismos.